martes, 15 de enero de 2013

LA NUEVA OLA



“Más fuerte es el niño que en la tempestad se agarra a las rocas, que el hombre abandonado al vaivén de las olas”.

Dom Columba Marmion, “Jesucristo, ideal del monje”.


Hay una imagen a la que suele recurrir Monseñor Fellay, tanto en sus conferencias como en sus escritos, una imagen infortunada con la que intenta describir y transmitir su optimismo con respecto a la Roma conciliar. Es la que sigue, en sus propias palabras: “La situación de la Iglesia se parece cada vez más a un mar agitado, en todos los sentidos. En él vemos olas que pretenden cada vez más hacer zozobrar la barca de Pedro, arrastrándola a abismos sin fin. Desde el Concilio Vaticano II parece que una ola quiere llevarse consigo todo hacia el fondo, no dejando sino un montón de ruinas y un desierto espiritual, al que los propios Papas han denominado una apostasía (…) Volviendo a nuestra imagen, parece que desde hace algún tiempo, más o menos desde la subida al pontificado del Papa Benedicto XVI, ha aparecido una nueva ola, mucho más modesta que la primera, pero no obstante bastante persistente como para que la podamos percibir y que, contra todo pronóstico, parece ir contra el sentido de la primera. Los indicios son suficientemente variados y numerosos como para poder afirmar que este nuevo movimiento de reforma o de restauración es algo real” (Carta a los amigos y benefactores Nº 76, 1 de mayo de 2010).

Sigue luego el Superior General con su ejemplo: “Aunque en nuestros medios se estime, con razón, que estos esfuerzos son aún insuficientes para frenar la decadencia y la crisis de la Iglesia, particularmente al ver cierto número de actos que se sitúan en la triste línea de su predecesor, como las visitas a la sinagoga y al templo protestante, con todo, en los medios progresistas ha sonado la hora de zafarrancho de combate. La gran ola se enfrenta con la pequeña con una violencia sorprendente. No es de extrañar que el encuentro de ambas olas, tan desiguales, cause tantos remolinos y tumultos, y provoque una situación muy confusa, en la que es muy difícil distinguir y predecir cuál de las dos olas va a prevalecer. No obstante, se trata de algo nuevo, y merece ser saludado” (Idem).

En otra ocasión, también recurría a esta metáfora: “Tengo una imagen para describir esta situación: es como el encuentro de dos olas. Una es la del Concilio, cuya consecuencia es la decadencia de la Iglesia, una destrucción de la Iglesia, de la cual no se puede esperar una resurrección humanamente hablando, porque hay tanto mal que ha sido hecho y que continúa, como por ejemplo la disminución de las vocaciones, de los sacerdotes, de las órdenes religiosas (…) Y claro que hay obispos que van a hacer todo lo que puedan para impedir la otra ola que ya se acerca, y que se nota especialmente en la juventud. También en los seminarios modernos (…) Y en situación vemos que poco a poco hay un progreso y esta nueva ola que empieza, que es un inicio, no espectacular, pequeña pero real y que se ve en todo el mundo. Esto es impresionante. Y ahora podemos decir que asistimos al encuentro de esta ola que sale, que cae, con otra que quiere subir, lo que significa muchas tribulaciones y confusión” (Sermón pronunciado en Madrid, 15 de noviembre de 2009).

Estas mismas palabras, poco más, poco menos, serían escuchadas también en una conferencia en Buenos Aires, como parte de un repertorio ya conocido para convencer a los oyentes de esperanzarse, o por lo menos mirar con simpatías el pontificado actual. A pesar de cositas menores, claro, como las visitas a las sinagogas o el templo protestante.

Pero veamos. ¿Por qué Monseñor Fellay usa e insiste en usar repetidamente esta imagen? Pues porque es la más perfecta e inconsciente imagen de su propio pensamiento, ambiguo, confuso y contradictorio, contaminado por el lenguaje liberal de los modernistas “nuevaoleros”*.

El mar es el símbolo de lo móvil e indeterminado, de las fuerzas caóticas del mundo de donde ha de surgir el Leviatán. “El mar es la imagen de este siglo cuyas olas se levantan en el constante alboroto de las hostilidades y en el cual nada el demonio bajo el nombre de Leviatán, devorando una multitud de almas” (Honorio de Autún, De paschali die, PL 172, 937; cit. por G. Gueydan de Roussel, “Las potencias marítimas, el Leviatán y el estado moderno”). Las aguas simbolizan lo informe, pero también las virtualidades posibles ya que el mar es ambivalente y de la sumersión en las aguas por el bautismo viene la muerte pero también la regeneración. Claro que esto es obra de Dios. Los hombres no pueden sino luchar contra el mar sin capacidad de manipulación. Y Dios se sirve de las aguas para que lo estable se beneficie (por ejemplo con el agua de la lluvia).


Es en el mar del mundo donde los Apóstoles hacen su pesca de hombres, pero es por sobre él que deben mantenerse en la barca. Moisés y los israelitas cruzaron el mar rojo cuando sus aguas fueron abiertas, sobre el suelo firme, aguas que luego devoraron a los egipcios. Los Apóstoles soportaron la furia del mar hasta que Nuestro Señor lo calmó. San Pablo vivió peligros y naufragio en el mar. Escribió San Gregorio Magno que “el lenguaje del mar es la ciencia de las doctrinas del siglo, que el Señor ha destruido por su Encarnación” (Cfr. “El misterio de la francmasonería – Valor simbólico de los elementos”, G. Gueydan de Roussel). Y afirma Gueydan de Roussel que “el movimiento generado por el mar se ha transmitido a toda la vida moderna bajo el nombre de progresismo. Los progresistas reprochan a sus adversarios de ser “fósiles”, “petrificados”, “cristalizados”, es decir, escapados a la liquefacción” (Idem ant.).

En definitiva, el mar donde las olas de lo inconstante, de lo mudable, se mueven sin intervención de los hombres -quienes sólo pueden limitarse a servirse de él sin dominarlo-, ese mar inspirador de la filosofía de los siglos XVII y XVIII, no puede volverse contra sí y dejar de ser lo que es, sino ir al choque contra la tierra firme que al fin lo refrene. Una ola contra otra ola, en el ejemplo dado por Mons. Fellay, no pueden producir sino, como dice, la confusión, y no la ansiada paz y la restauración del orden. Entonces, no puede proponerse vencer la agitación de la herejía modernista con otra agitación que Mons. Fellay ni siquiera es capaz de identificar, ni en sus características ni en sus orígenes. No se funda en lo sólido para vencer lo mudable e indeterminado. No se basa Mons. Fellay en lo que no cambia (la Fe) sino en lo que cambia, una ola, es decir, un movimiento, ¿movido por quién? Supuestamente por el Papa, el que es movido por los errores del Concilio Vaticano II.

Dice San Juan Crisóstomo: “Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús” (“Homilía antes de partir al exilio”). En efecto, nada podemos contra la furia de las olas, y si evitamos desesperar como los apóstoles, recordando que estamos en la barca con Jesús, entonces estamos en la roca firme, y aferrados a la oración y a la Tradición católica, nos queda evitar que las aguas de la impiedad y la mentira nos sumerjan, y pedir y esperar que Cristo calme las olas que vienen y van confundiendo y arrasándolo todo a su paso como un gran tsunami. Nuestro Señor no necesita de una pequeña ola para a través de muchos años calmar la tempestad del mar: cuando Él disponga la tempestad cesará. “Entonces Él se levantó, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla; sosiégate!” Y se apaciguó el viento y fue hecha gran bonanza” (Mc. IV, 39).

Que ese día no nos halle inmersos en la confusión de las olas, por no habernos aferrado como un niño a las rocas.



* Curas “nuevaoleros” llamaba por ejemplo el Padre Castellani, a los curas modernistas de la década del ’60, imbuidos de las novedades del Vaticano II y de una retórica marxista indisimulada. El término “Nueva Ola” se utilizó para identificar varias cosas. En la Argentina y otros países sudamericanos, señalaba a una serie de músicos populares que habían adoptado ritmos y aspectos o "looks" estereotipados importados de USA e Inglaterra, con la consiguiente degradación de las propias raíces en algún momento invocadas. Posteriormente en los años ’80, se le llamó “New Wave” a una serie de músicos rockeros ingleses que fusionaron el punk con el pop y obtuvieron una gran difusión internacional. En el cine, por su lado, la famosa “Nueva Ola” o Nouvelle Vague” francesa supuso una renovación en los años ’50 que más bien anticipó los años ’60 con su afán de rebeldía y desdén por lo anterior. En lo religioso, si tenemos en cuenta que Benedicto XVI es la misma persona que el Cardenal Ratzinger, antiguo modernista empeñado en seguir el derrotero del sesentista Vaticano II, podemos decir entonces que lo que Monseñor Fellay señala como “una nueva ola” es algo verdaderamente viejo y ya pasado de moda, si a cuestiones temporales apuntamos. Nada nuevo –nuevo como es el Nuevo Testamento, nuevo y perenne, que no novedoso- viene de Roma y sus curas o Papas “nuevaoleros”.